La posibilidad de una dolarización formal vuelve a ganar espacio entre economistas, académicos y ciudadanos, en un país donde buena parte de la actividad cotidiana funciona desde hace años bajo una dolarización de facto. El debate ahora se centra en si ese proceso debería convertirse en un régimen monetario oficial, en un contexto marcado por una aceleración inflacionaria que algunos analistas ya consideran crítica.
Asdrúbal Oliveros, economista y consultor empresarial, advirtió que Venezuela arrastra casi medio siglo de inflación crónica, con una inercia que condiciona el comportamiento de empresas y consumidores. Esa dinámica, explicó, impide que los precios bajen incluso cuando el tipo de cambio se estabiliza, porque las expectativas de reposición siguen dominadas por la incertidumbre. Según su estimación, la inflación anualizada entre enero de 2025 y enero de 2026 se acerca al 600%, un nivel que calificó como propio de una «hiperinflación temprana».
En ese contexto, la dolarización total aparece como una alternativa que, aunque restrictiva, podría anclar expectativas en un entorno institucional frágil. Oliveros la comparó con un tratamiento médico que, pese a sus efectos secundarios, ofrece beneficios inmediatos a quien enfrenta un problema severo.
«No es la mejor solución, pero entiendo por qué la gente la demanda», afirmó, destacando que la dolarización es hoy ampliamente popular.
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Luis Oliveros, economista y decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Metropolitana (Unimet), coincidió en que la pérdida de confianza en el bolívar ha sido determinante.
«¿Cómo le dices a la gente que siga confiando en una moneda que ha perdido capacidad de compra?», preguntó. Recordó que hace cinco o diez años ambos habrían rechazado la idea de plano, pero la realidad económica cambió. Para él, la dolarización resulta atractiva porque promete atacar el problema que está en el centro de la crisis: la inflación. Y aunque implica renunciar a la política monetaria, cuestionó si Venezuela ha sido capaz de usarla de manera eficiente.
Ambos economistas reconocen que dolarizar implica costos: pérdida de autonomía monetaria, rigidez macroeconómica y dificultades para recuperar competitividad. Pero también coinciden en que, para una población golpeada por décadas de inflación y ya habituada a transar en dólares, la estabilidad puede pesar más que los riesgos.
El debate sigue abierto, pero se desplaza hacia una pregunta más concreta: si la dolarización de facto ya domina la vida económica, ¿debe Venezuela convertirla en una decisión formal para intentar frenar la inflación que define su crisis?
Con información de Unión Radio


