Venezuela ha sido, durante décadas, sinónimo de petróleo. Pero un nuevo análisis del Center for Strategic and International Studies (CSIS) pone el foco en otro recurso menos visible, aunque potencialmente decisivo: el gas natural.
Con reservas estimadas en alrededor de 192 billones de pies cúbicos, el país cuenta con uno de los mayores volúmenes de gas del mundo, un activo que hasta ahora ha permanecido en gran medida sin desarrollar. Durante años, ese potencial quedó atrapado entre limitaciones políticas, falta de inversión y sanciones internacionales. Hoy, sin embargo, comienza a perfilarse como una vía más rápida y pragmática para la reintegración económica.
De recurso rezagado a oportunidad inmediata
Actualmente, Venezuela produce unos 3.100 millones de pies cúbicos diarios de gas, una cifra modesta si se compara con la magnitud de sus reservas. La mayor parte de esta producción es gas asociado al petróleo, lo que limita su desarrollo independiente.
El análisis del CSIS sostiene que el impulso inicial podría venir del gas no asociado, especialmente en campos costa afuera cercanos a infraestructuras ya existentes. En ese mapa, un país emerge como socio natural: Trinidad y Tobago.
La proximidad geográfica y, sobre todo, la capacidad instalada de licuefacción en la planta Atlantic LNG convierten a esta nación caribeña en un puente inmediato para llevar el gas venezolano a los mercados internacionales.
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Campos compartidos, intereses comunes
Tres proyectos concentran el mayor potencial de cooperación binacional: Loran-Manatee, Dragon-Hibiscus y Manakin-Cocuina.
En el caso de Loran-Manatee, ya existe una decisión de inversión del lado trinitense que permitiría incorporar volúmenes relevantes de gas a partir de 2027. Mientras tanto, el campo Dragón —con reservas estimadas en más de 4 billones de pies cúbicos— destaca por su bajo riesgo geológico y cercanía a infraestructura existente, lo que podría acelerar su desarrollo si se destraban los factores regulatorios.
El informe subraya que gran parte de los avances dependerá de la flexibilización de licencias y del entorno político, variables que históricamente han condicionado estos proyectos.
Ventana para el mercado global
Si las condiciones avanzan sin mayores fricciones, el CSIS estima que en un plazo de cuatro años podrían incorporarse cerca de 1,8 mil millones de pies cúbicos diarios adicionales al mercado, con una expansión que podría alcanzar los 3 mil millones en un horizonte de cinco a siete años.
Buena parte de este volumen tendría como destino Europa, que desde la crisis energética ha intensificado su búsqueda de proveedores alternativos. En ese contexto, el gas venezolano —exportado a través de Trinidad— ofrecería una opción competitiva, con rutas más cortas y menor exposición a riesgos geopolíticos.
Aunque el impacto global sería moderado en términos absolutos, el informe señala que aportaría una diversificación relevante en el suministro, especialmente en un mercado cada vez más sensible a la concentración de fuentes.
Más que energía: una apuesta geopolítica
El desarrollo de una industria gasífera integrada no solo tendría implicaciones económicas. También reforzaría la arquitectura energética del hemisferio occidental, al tiempo que revitalizaría la industria energética de Trinidad, hoy afectada por la caída de sus propios yacimientos.
Para Venezuela, el gas podría convertirse en una palanca distinta al petróleo: menos intensiva en capital inicial en ciertos proyectos, más rápida de monetizar en escenarios de cooperación regional y, sobre todo, alineada con la transición energética global.
El análisis del CSIS deja entrever una idea central: si se consolidan las condiciones políticas y regulatorias, el gas podría ser el vehículo más inmediato para que Venezuela regrese al mapa energético internacional.
Por ahora, ese potencial sigue siendo, en gran medida, una promesa. Pero es una promesa que, por primera vez en años, empieza a encontrar un camino plausible.
