La generación Z de América Latina —jóvenes nacidos entre mediados de los noventa y principios de la década de 2010— es, en el papel, la más educada y menos pobre de la historia regional. Sin embargo, esa ventaja formativa no se ha traducido en un mayor grado de autonomía financiera. Por el contrario, los jóvenes de hoy están más lejos de independizarse económicamente que sus padres, según un análisis reciente del Banco Mundial.
A pesar de los avances en escolaridad, cada cohorte muestra una menor proporción de jóvenes que logran convertirse en jefes de hogar o formar su propia familia.
Lo que antes se interpretaba como una tendencia cultural —hijos que permanecen más tiempo en el hogar paterno— ahora revela un trasfondo económico: ingresos insuficientes, empleos inestables y un entorno laboral que no recompensa la formación con la misma generosidad que en décadas previas.
Más educación, ingresos mayores… pero sin independencia
El documento señala que los jóvenes de la región efectivamente están ganando más que generaciones anteriores. Dependiendo del país, la generación Z tiene ingresos entre 5% y 36% superiores a los de la generación X a su misma edad. Pero este aumento, lejos de abrirles la puerta a la independencia económica, no ha sido suficiente para sostener estilos de vida propios ni la formación temprana de nuevos hogares.
El contraste es evidente: aunque la pobreza entre los jóvenes ha disminuido en las últimas décadas, la capacidad de mantener un hogar propio se ha debilitado. Parte del problema radica en la calidad del empleo. Muchos de los puestos disponibles para trabajadores jóvenes son informales, temporales o de baja productividad, lo que dificulta la acumulación de patrimonio.
La situación se agrava con otra brecha crítica: tres de cada cuatro jóvenes de 15 años no dominan competencias matemáticas básicas, lo que limita el potencial de ingresos a futuro y les resta competitividad en un mercado laboral cada vez más influido por la tecnología.
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Un mercado laboral que borra escalones de acceso
El Banco Mundial advierte que la transición de los jóvenes hacia empleos estables está siendo obstruida por dinámicas estructurales. La automatización y la inteligencia artificial están desplazando tareas que tradicionalmente servían como puerta de entrada al mercado laboral. En palabras de los analistas, muchos jóvenes están siendo obligados a comenzar sus carreras “en el tercer piso, pero sin escaleras”.
Este fenómeno se entrelaza con otra vulnerabilidad: la persistencia de una amplia población de “ninis”, jóvenes que ni estudian ni trabajan, cuya desconexión del sistema productivo limita aún más la capacidad de la región para ampliar su base de talento y generar movilidad social.
Para los especialistas, el desafío no consiste únicamente en expandir el acceso a la educación —un objetivo en el que Latinoamérica avanzó significativamente— sino en mejorar la calidad de esa formación y garantizar que se alinee con las demandas reales del mercado. La región, advierten, corre el riesgo de seguir produciendo jóvenes mejor preparados en teoría, pero con menos oportunidades prácticas para consolidar una carrera y sostener una vida independiente.


